Sólo hacen falta la mirada dulce y la sonrisa sincera para atraer atención del enamoradizo.
"Veme" se repite en mi cabeza mientras haciendo los ojos chiquitos, convierto la sonrisa en trompita.
Con la voz vapuleada por el espíritu del tabaco, hago real el lugar común de que la ronquera es sexy en las voces femeninas. "¿Femeninas?" pienso y se me descompone el gesto de sensualidad en bizco ceñudo y la trompa en lo que más simula puchero que ósculo. "Ya la cagué".
Viejas tácticas de seducción como sentarse derecha, con las piernas juntas, cuidar que los ademanes sean delicados, comer con la boca cerrada, no beber alcohol y no fumar cigarrillos nunca han sido menester que yo domine. "Ahora ¿qué chingados hago?"
"¿Saco el monstruo grotesco que encarno cuando deseo echarle helio a los globitos de la presunción y la soberbia de mi tan privilegiada inteligencia? Yo tengo el control. Yo digo qué hacer y cuándo. ¿Es eso atractivo?" Parece que sí.
Resulta que los chistes son mejores cuando apelo a la cultura del fulano para hacer en vez de uno literal uno contextual. El pobre diablo está leyéndome los labios con la mirada chiquita y la cara ladeada intentando acercar la oreja cuantimás a mí, procurando romper la sinfonía de ruidos que contamina al aire público. "Si le entiende le doy otro chance, si no le entiende no está a mi nivel, si se hace el que entiende es un estúpido y de cualquier manera gano yo" ¡Qué simpática mujer!
"¿Lo simpático es pariente de lo feo?" Difícilmente. La simpatía es la mayor muestra de histrionismo que debo entregar a mi vida todos los días para no ser golpeada en la cabeza con las piedras que repudian el conocimiento enciclopédico de una mujer malhablada y malvestida; que se sienta despatarrada y se olvida de limpiarse los tenis antes de salir de casa; eso, que usa tenis en vez de tacones; que trae la mancha de mostaza en la playera porque se tragó una hamburguesa mientras manejaba hacia el trabajo; que le vale madres todo lo anterior. "Pues nunca nadie me ha dicho fea".
"¿Qué pensará este cabrón? que soy un despedorre, que soy una cerda..."
No importa, el viejo truco de anunciar que soy violonchelista nunca ha fallado.
Y lo soy.