Pensé en escribirles a tus ojos o a tu sexo; a tu mente, a tus sentimientos que mágicamente son tan blancos;
a tu séptimo sentido que es el humor o al sexto que es tu magnánima comprensión y empatía.
Pensé en escribirle a tu piel suave o a tu perfil que me encanta aunque tú prefieras no mirarlo;
hasta pensé apelar a tus achaques y a tus ojos vidriosos cuando te rehúsas a dejar de trabajar.
Quise escribirle a tu naturaleza protectora y a tu casi circense imaginación para contar historias tan simples;
a tu voz resonante y a tu locura tan sencillamente original.
Quise escribirle a tu paladar tan sibarita como autóctono; a tu lengua que no discrimina sabor, a tu estómago que no teme consecuencias.
Pensé que podría escribir de que nunca lloras en público y de cómo prefieres escuchar que hablar; describir tu aliento o el olor de tu cuello.
Quise escribir de cómo me haces reir cuando estoy llorando y me tranquilizas cuando estoy ansiosa; de cómo me tomas las manos y cuando me miras los ojos parece que me conocieras mejor que yo misma.
Pensé que podría escribir cómo te enredas en mis sábanas y te desenredas a las dos de la madrugada; o de cómo el tiempo y el espacio son distintos cuando no nos podemos tocar ni mirar.
Quise escribir de cómo me observas a escondidas aunque más rápido me lo confiesas; de cuánto me sorprendes con tu extraordinario ser.
Y terminé escribiendo una historia de amor.
miércoles, 27 de julio de 2011
martes, 26 de julio de 2011
sinestesia
Sin pesares en los hombros, sonrío casi malévolamente; lo que merezco no puede ser nada peor que el deseo y nada mejor que el amor; lista para postrarme en los brazos del onirismo, cierro los ojos para darle continuidad a una sonrisa;
sin miedo, respiro con los pulmones contaminados y, aunque la mirada se me llene de sal, la boca me sabe dulce, como el corazón...
Consciente, pero como plañidera, seco el agua de mis entrañas;
me vuelvo a sacudir las rodillas y cual mito, resurjo de las cenizas con música de belcanto;
sonrío por duraderos instantes y hasta creo tener una epifanía intelectual; grito...
Con el corazón hecho añicos y la garganta dolorida, no tengo otro deseo que llegar a casa;
me quiero quitar los anteojos para no ver nubes; me quiero apear del suéter y contemplar mi torso desnudo;
me quiero mirar al espejo y sólo pensar en mí... quiero escuchar el silencio y las gotas de mis ojos.
Con los músculos contraídos, río al borde de la micción; exhalo la ultima bocanada del cigarrillo, me seco las lágrimas de hilaridad; me levanto del piso y abro los ojos; contemplo mi entorno y vuelvo en mí; me desparramo en el sofá; los oídos se me saturan, la voz se me muere; la mirada vuelve al espejo y sacudo la cabeza... no es gracioso...
sin miedo, respiro con los pulmones contaminados y, aunque la mirada se me llene de sal, la boca me sabe dulce, como el corazón...
Consciente, pero como plañidera, seco el agua de mis entrañas;
me vuelvo a sacudir las rodillas y cual mito, resurjo de las cenizas con música de belcanto;
sonrío por duraderos instantes y hasta creo tener una epifanía intelectual; grito...
Con el corazón hecho añicos y la garganta dolorida, no tengo otro deseo que llegar a casa;
me quiero quitar los anteojos para no ver nubes; me quiero apear del suéter y contemplar mi torso desnudo;
me quiero mirar al espejo y sólo pensar en mí... quiero escuchar el silencio y las gotas de mis ojos.
Con los músculos contraídos, río al borde de la micción; exhalo la ultima bocanada del cigarrillo, me seco las lágrimas de hilaridad; me levanto del piso y abro los ojos; contemplo mi entorno y vuelvo en mí; me desparramo en el sofá; los oídos se me saturan, la voz se me muere; la mirada vuelve al espejo y sacudo la cabeza... no es gracioso...
montañas de satén
Suelo despilfarrar mis lágrimas pero la garganta no me arde y puedo ahorrar saliva,
de esa que hay que tragar para fingir que el llanto no se quiere escapar desde la laringe...
Quiero recordar qué se siente que las manos no tiemblen y el estómago no arda; una mirada que no tenga que huir; sentarme en flor de loto a la falda de la montaña de los sueños y temblar de frío o de miedo; que las musas, ángeles y deidades que fragilizan la realidad, me acerquen un poco más a sonreír; que se me enfríe la mente, pero, que el ardor que me recorre las venas, llegue al pecho llenándolo de amor, y ese, nunca se vaya... ni en lucidez...
Me compraré sábanas de satén y dormiré desnuda.
Y, una noche, flotaré sutilmente hasta la cima montaña para pedir perdón y despedirme de la pesadilla;
cuando abra los ojos estaré cubierta de flores aromáticas y vestida con una sonrisa;
despertaré mis oídos y la música permanecerá sempiterna en mi sangre para calentarme las emociones...
detergiendo el plexo solar
Con las luces apagadas y los ojos entreabiertos, respiro incienso. Dejo de evadir los pensamientos que cubro de flores a la hora de dormir; los que tapizo de mentiras al momento de compartir.
Convierto sentimientos en polvo para que vuelen con la corriente de viento que viaja hacia el olvido.
Desbloqueo las emociones que fueron vedadas a la hora del adiós.
Me arrodillo frente al espejo, totalmente desnuda, pidiendo destejer mi existencia para confeccionarla desde nada.
No temo la realidad, aunque entre las clavículas y el sexo haya ansiedad.
Me tallo el pecho con la uñas hasta que la piel enrojecida arda más que el interior torácico; encorvo la espalda y estiro los brazos intentando atrapar la luz que se escapa; dejo que las lágrimas caigan sobre mis rodillas.
Me yergo y sigo rezando sin abrir completamente la mirada. Me restriego los cabellos con los dedos; ceñuda, logro conservar un recuerdo que no duele.
Sonrío, no sé si irónicamente, con la faz relajada; me sacudo de las manos el polvo del oro, de ese que queda cuando la reminiscencia no avergüenza.
Convierto sentimientos en polvo para que vuelen con la corriente de viento que viaja hacia el olvido.
Desbloqueo las emociones que fueron vedadas a la hora del adiós.
Me arrodillo frente al espejo, totalmente desnuda, pidiendo destejer mi existencia para confeccionarla desde nada.
No temo la realidad, aunque entre las clavículas y el sexo haya ansiedad.
Me tallo el pecho con la uñas hasta que la piel enrojecida arda más que el interior torácico; encorvo la espalda y estiro los brazos intentando atrapar la luz que se escapa; dejo que las lágrimas caigan sobre mis rodillas.
Me yergo y sigo rezando sin abrir completamente la mirada. Me restriego los cabellos con los dedos; ceñuda, logro conservar un recuerdo que no duele.
Sonrío, no sé si irónicamente, con la faz relajada; me sacudo de las manos el polvo del oro, de ese que queda cuando la reminiscencia no avergüenza.
jueves, 21 de julio de 2011
con los labios húmedos
No es una despedida; es uno de esos besos que se dan interrumpiendo una conversación porque el instinto y las entrañas pueden más que el intelecto; de esos que saben a miel porque se disfrutan antes desde la imaginación; de los que, cuando se está solo, se añoran y cuando se está acompañado, avorazan.
El puro beso es un preludio, pero, si las emociones se soban y los sexos se frotan, surge luz y música.
De esos besos que parecen imaginación; que son una epifanía espiritual, un baño de rosas con oro; un orgasmo inesperado en un momento de frigidez; son la humedad del cuerpo, la desviación de la mente hacia la voz, el olor y los ojos que están benditos por el universo; el cuello y, esos besos, son sagrados...
El puro beso es un preludio, pero, si las emociones se soban y los sexos se frotan, surge luz y música.
De esos besos que parecen imaginación; que son una epifanía espiritual, un baño de rosas con oro; un orgasmo inesperado en un momento de frigidez; son la humedad del cuerpo, la desviación de la mente hacia la voz, el olor y los ojos que están benditos por el universo; el cuello y, esos besos, son sagrados...
emociones inefables
No me confundo; los ojos fueron el primer síntoma y la señal comprometedora se dio en día festivo a hora en punto.
No me olvido; el cielo era claro y la comida gourmet.
No me pierdo; los recuerdos, ni con la mala memoria dejé ni con la buena regresé, como esfumino en placa de carbón, ligeros cual sombra, viven en la parte trasera del cráneo; donde el sol golpea sin doler y la luna sin gemir; donde nada refleja con un cerillo de madera; donde el corazón reboza las emociones y el cerebro la lucidez de las extremidades; donde se guarda el genio de la materia cuasi gris de lo inefable; donde las entrañas vuelven a parir en forma de sueños...
No me olvido; el cielo era claro y la comida gourmet.
No me pierdo; los recuerdos, ni con la mala memoria dejé ni con la buena regresé, como esfumino en placa de carbón, ligeros cual sombra, viven en la parte trasera del cráneo; donde el sol golpea sin doler y la luna sin gemir; donde nada refleja con un cerillo de madera; donde el corazón reboza las emociones y el cerebro la lucidez de las extremidades; donde se guarda el genio de la materia cuasi gris de lo inefable; donde las entrañas vuelven a parir en forma de sueños...
martes, 19 de julio de 2011
despertar
Creí que al final de la jornada onírica, encontraría la solución de mi sufrida lucidez.
Como todas las mañanas, al abrir los ojos perdí la luz; volvió la ansiedad y, cual ser oscuro que nací siendo, olvidé las bondades de que fui provista.
Con el ceño fruncido, casi involuntariamente me erguí para sentir las tripas; ladeé la cabeza, encogí las piernas y me sequé los ojos aún sin saber si eran lágrimas o lagañas.
Me enredé en las sábanas y volví a cerrar los ojos; con enojo, jalé hacia mí una almohada, la más suave; la abracé. Más enojada todavía, golpeé el colchón con los puños y los gritos contenidos me salieron por la nariz, casi como un ejercicio de belcanto.
Cuando me calmé, aún con la mirada apagada, tenté alrededor pensando que quizá era un sueño, no, una pesadilla.
Los abrí y, resignada, redescubrí esta terrible soledad.
Como todas las mañanas, al abrir los ojos perdí la luz; volvió la ansiedad y, cual ser oscuro que nací siendo, olvidé las bondades de que fui provista.
Con el ceño fruncido, casi involuntariamente me erguí para sentir las tripas; ladeé la cabeza, encogí las piernas y me sequé los ojos aún sin saber si eran lágrimas o lagañas.
Me enredé en las sábanas y volví a cerrar los ojos; con enojo, jalé hacia mí una almohada, la más suave; la abracé. Más enojada todavía, golpeé el colchón con los puños y los gritos contenidos me salieron por la nariz, casi como un ejercicio de belcanto.
Cuando me calmé, aún con la mirada apagada, tenté alrededor pensando que quizá era un sueño, no, una pesadilla.
Los abrí y, resignada, redescubrí esta terrible soledad.
domingo, 17 de julio de 2011
entre nubes
Mucho frío; gotas de lluvia escurriéndose por los cabellos.
Los horizontes vestidos de blanco y las montañas queriendo presumir todos sus verdes.
Un par de ojos hermosos y un corazón cálido cogen mi mano.
La tranquilidad, el silencio; el olor a madera, la ropa mojada y el obligado abrazo para calentar los cuerpos erizados; el beso necesario para humectar los labios.
La profundidad de la noche, el canto de las hojas bailarinas brotando del cuasi imaginario bosque borroso.
Silencio; a ratos se oye el lodo. Las gotas percuten en el techo marcando el ritmo que deben llevar las sábanas.
Tanta tranquilidad; el frío, que no se siente cuando hay amor.
Pan dulce y licor de frutas;
risas y miradas que, ojalá, nunca se vean borrosas como el horizonte...
Los horizontes vestidos de blanco y las montañas queriendo presumir todos sus verdes.
Un par de ojos hermosos y un corazón cálido cogen mi mano.
La tranquilidad, el silencio; el olor a madera, la ropa mojada y el obligado abrazo para calentar los cuerpos erizados; el beso necesario para humectar los labios.
La profundidad de la noche, el canto de las hojas bailarinas brotando del cuasi imaginario bosque borroso.
Silencio; a ratos se oye el lodo. Las gotas percuten en el techo marcando el ritmo que deben llevar las sábanas.
Tanta tranquilidad; el frío, que no se siente cuando hay amor.
Pan dulce y licor de frutas;
risas y miradas que, ojalá, nunca se vean borrosas como el horizonte...
sábado, 16 de julio de 2011
llorar como plañidera: ardid de creatividad
Ocasionalmente busco lastimarme los pensamientos, sobre todo si me siento aburrida.
Invocar recuerdos amargos, rogarle a Morfeo una pesadilla o picarme los ojos con frenesí, suelen ser las herramientas favoritas.
Bañarme con agua fría para culpar al Universo de mis desgracias que no son más que exageraciones de las eventuales apariciones de Murphy en mi día a día.
No hacer ejercicio, no reír, no comer; fumar demasiados cigarrillos, beber café hasta que los temblores sean visibles en las comisuras de la boca; aguantar la respiración hasta que la nariz obtenga su espasmo inhalador para rescatarme los pulmones.
Ya, cuando el dolor físico se empieza a manifestar, logro que las emociones se me escurran por los ojos y pido, no, ruego, que se conviertan en música o literatura.
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