Creí que al final de la jornada onírica, encontraría la solución de mi sufrida lucidez.
Como todas las mañanas, al abrir los ojos perdí la luz; volvió la ansiedad y, cual ser oscuro que nací siendo, olvidé las bondades de que fui provista.
Con el ceño fruncido, casi involuntariamente me erguí para sentir las tripas; ladeé la cabeza, encogí las piernas y me sequé los ojos aún sin saber si eran lágrimas o lagañas.
Me enredé en las sábanas y volví a cerrar los ojos; con enojo, jalé hacia mí una almohada, la más suave; la abracé. Más enojada todavía, golpeé el colchón con los puños y los gritos contenidos me salieron por la nariz, casi como un ejercicio de belcanto.
Cuando me calmé, aún con la mirada apagada, tenté alrededor pensando que quizá era un sueño, no, una pesadilla.
Los abrí y, resignada, redescubrí esta terrible soledad.
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