miércoles, 27 de julio de 2011

con el corazón en el escritorio

Pensé en escribirles a tus ojos o a tu sexo; a tu mente, a tus sentimientos que mágicamente son tan blancos;
a tu séptimo sentido que es el humor o al sexto que es tu magnánima comprensión y empatía.

Pensé en escribirle a tu piel suave o a tu perfil que me encanta aunque tú prefieras no mirarlo;
hasta pensé apelar a tus achaques y a tus ojos vidriosos cuando te rehúsas a dejar de trabajar.

Quise escribirle a tu naturaleza protectora y a tu casi circense imaginación para contar historias tan simples;
a tu voz resonante y a tu locura tan sencillamente original.

Quise escribirle a tu paladar tan sibarita como autóctono; a tu lengua que no discrimina sabor, a tu estómago que no teme consecuencias.

Pensé que podría escribir de que nunca lloras en público y de cómo prefieres escuchar que hablar; describir tu aliento o el olor de tu cuello.

Quise escribir de cómo me haces reir cuando estoy llorando y  me tranquilizas cuando estoy ansiosa; de cómo me tomas las manos y cuando me miras los ojos parece que me conocieras mejor que yo misma.

Pensé que podría escribir cómo te enredas en mis sábanas y te desenredas a las dos de la madrugada; o de cómo el tiempo y el espacio son distintos cuando no nos podemos tocar ni mirar.

Quise escribir de cómo me observas a escondidas aunque más rápido me lo confiesas; de cuánto me sorprendes con tu extraordinario ser.

Y terminé escribiendo una historia de amor.

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