Con las luces apagadas y los ojos entreabiertos, respiro incienso. Dejo de evadir los pensamientos que cubro de flores a la hora de dormir; los que tapizo de mentiras al momento de compartir.
Convierto sentimientos en polvo para que vuelen con la corriente de viento que viaja hacia el olvido.
Desbloqueo las emociones que fueron vedadas a la hora del adiós.
Me arrodillo frente al espejo, totalmente desnuda, pidiendo destejer mi existencia para confeccionarla desde nada.
No temo la realidad, aunque entre las clavículas y el sexo haya ansiedad.
Me tallo el pecho con la uñas hasta que la piel enrojecida arda más que el interior torácico; encorvo la espalda y estiro los brazos intentando atrapar la luz que se escapa; dejo que las lágrimas caigan sobre mis rodillas.
Me yergo y sigo rezando sin abrir completamente la mirada. Me restriego los cabellos con los dedos; ceñuda, logro conservar un recuerdo que no duele.
Sonrío, no sé si irónicamente, con la faz relajada; me sacudo de las manos el polvo del oro, de ese que queda cuando la reminiscencia no avergüenza.
Un texto re-vivificante... casi como un inhalar profundo y la subsecuente exhalación.
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